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El último reposo de Agustín de Iturbide: la historia de sus restos desde Padilla hasta la Catedral Metropolitana

Los restos mortales del consumador de la Independencia de México pasaron de una tumba modesta en Tamaulipas a la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, en un viaje marcado por ironías históricas y giros políticos inesperados.

El último reposo de Agustín de Iturbide: la historia de sus restos desde Padilla hasta la Catedral Metropolitana

Los restos mortales de Agustín de Iturbide recorrieron un camino tan turbulento como su propia vida. El militar que consumó la Independencia de México al frente del Ejército Trigarante en 1821 y se coronó como primer emperador del país, terminó ejecutado en Padilla, Tamaulipas, en 1824. Desde entonces, sus cenizas vivieron una travesía de sepulturas provisionales, decretos políticos contradictorios y disputas ideológicas que duraron años.

Mientras los héroes de la Independencia descansan bajo el Ángel de la Independencia con honores monumentales, el hombre que firmó los Tratados de Córdoba y diseñó la bandera tricolor quedó envuelto en un limbo histórico que muchos mexicanos desconocen.

La caída del emperador

Agustín de Iturbide nació en Valladolid, hoy Morelia, en 1783. Comenzó su carrera militar en el ejército realista combatiendo a insurgentes como Miguel Hidalgo y José María Morelos. Sin embargo, cuando la Constitución de Cádiz volvió a entrar en vigor en España, amenazando los intereses de las élites locales, el estratega cambió de bando.

El 10 de febrero de 1821, en Acatempan, Guerrero, ocurrió el célebre encuentro entre Iturbide y Vicente Guerrero que selló la reconciliación entre las fuerzas realistas y las insurgentes. Catorce días después, el 24 de febrero, Iturbide proclamó el Plan de Iguala, estableciendo las tres garantías fundamentales: Religión, Independencia y Unión. Este plan sentó las bases para la creación del Ejército Trigarante.

El 24 de agosto de 1821, Iturbide y Juan O'Donojú firmaron los Tratados de Córdoba, un documento de 17 artículos que ratificaba los principios del Plan de Iguala y reconocía formalmente la independencia de México. No obstante, España rechazó estos acuerdos argumentando que O'Donojú carecía de facultades para firmarlos. El reconocimiento oficial español no llegaría hasta el 28 de diciembre de 1836.

El 27 de septiembre de 1821, Iturbide entró triunfalmente a la Ciudad de México al frente del Ejército Trigarante, consumando formalmente la independencia tras once años de guerra. La multitud lo recibió como el libertador supremo. En mayo de 1822, el Congreso lo proclamó Agustín I, emperador de México. La coronación en la Catedral Metropolitana fue un despliegue de lujo que las arcas públicas apenas podían sostener.

El Primer Imperio Mexicano alcanzó su máxima extensión territorial en 1822 con 4,925,283 kilómetros cuadrados, incluyendo los territorios de la Capitanía General de Guatemala que se adhirieron el 5 de enero de ese año. El imperio se extendía desde California hasta Costa Rica.

Sin embargo, el reinado duró apenas diez meses. La falta de recursos, las tensiones con los republicanos y las rebeliones encabezadas por Antonio López de Santa Anna forzaron el final del imperio. El 1 de febrero de 1823, Santa Anna proclamó el Plan de Casa Mata, exigiendo la restauración del Congreso y estableciendo las bases para la república. Iturbide restauró el Congreso el 4 de marzo y abdicó ante él el 19 de marzo de 1823.

El regreso fatal

Iturbide partió al exilio en Europa, pero cometió un error fatal. Ignoraba que en abril de 1824 el Congreso mexicano lo había declarado traidor a la patria y enemigo público, estableciendo la pena de muerte en caso de regresar al territorio nacional.

Creyendo que su presencia era necesaria para defender a México de una posible reconquista española, Iturbide desembarcó en Soto la Marina, Tamaulipas, en julio de 1824. Fue apresado casi de inmediato y trasladado a Padilla. El 19 de julio de 1824, a los 40 años, el consumador de la Independencia fue ejecutado frente a la iglesia del pueblo.

Su cadáver fue amortajado de forma sencilla y enterrado en el cementerio de Padilla, ubicado en el atrio de la parroquia de San Antonio de Padua. Fue sepultado en una fosa modesta, sin ningún monumento que indicara la importancia del personaje que yacía bajo tierra. Allí permanecieron sus restos durante catorce años.

La reivindicación paradójica

En 1838, la historia dio un giro irónico. El general Antonio López de Santa Anna, el mismo militar que había encabezado la rebelión para derrocarlo en 1823, decretó que Iturbide debía ser declarado héroe patrio. Ordenó que sus restos fueran exhumados de Padilla y trasladados con honores militares a la capital.

El 24 de septiembre de 1838, las cenizas de Iturbide hicieron su reentrada triunfal a la Ciudad de México. El féretro fue llevado a la Catedral Metropolitana, donde se celebró una misa de réquiem masiva.

El reposo definitivo

Hoy, los restos mortales de Agustín de Iturbide reposan en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Para visitarlos, hay que ingresar por la nave principal del recinto y dirigirse al costado derecho, el lado poniente, donde se encuentra la Capilla de San Felipe de Jesús, dedicada al primer santo mexicano canonizado.

En este espacio sacro descansa de manera permanente la urna con los restos del primer emperador mexicano, expuesta en una caja de madera de caoba con cristales transparentes. En la misma capilla se exhiben objetos relacionados con su investidura imperial, como la pancarta con el escudo del Primer Imperio Mexicano y réplicas de documentos de época.

La ironía histórica resulta evidente: Iturbide fue coronado emperador en la Catedral Metropolitana en mayo de 1822, y es en ese mismo recinto donde ahora reposan sus restos. El hombre que consumó la independencia de México descansa en un sitio de honor, aunque su legado sigue siendo objeto de debate y su figura permanece menos reconocida que otros próceres de la Independencia.

Para quienes caminan por el Zócalo capitalino, la Capilla de San Felipe de Jesús ofrece la oportunidad de observar, a través del cristal de la urna, los restos de uno de los personajes más contradictorios de la historia nacional: militar realista convertido en libertador, emperador fugaz y finalmente fusilado, cuya memoria fue rescatada del olvido por el mismo hombre que lo había derrocado.

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