Qué significa la pérdida de capacidad
El océano capta aproximadamente el 30 % del CO2 emitido por las actividades humanas y absorbe el 90 % del exceso de calor retenido por los gases de efecto invernadero. Cuando disminuye su capacidad de absorber carbono, queda más CO2 en la atmósfera y se refuerza el calentamiento, explica el documento.
El informe atribuye esa reducción al aumento de la temperatura y a las alteraciones de la química, la circulación y los ecosistemas marinos. Su autora principal, Sara Traerup, advirtió de que la tendencia "puede muy probablemente acelerarse" en un futuro próximo. Esto no significa que el océano esté a punto de dejar de absorber carbono, sino que no se puede dar por garantizada la estabilidad de este sumidero natural ni su funcionamiento futuro.
"Durante mucho tiempo, el océano nos ha prestado un servicio inmenso en materia de clima, pero ese servicio está sometido a una presión creciente", declaró Traerup a Noticias ONU.
El análisis figura en el "Climate Technology Progress Report 2026: Navigating Ocean-based Technologies", publicado el 28 de octubre de 2026 por el Centro de Clima de Copenhague del PNUMA. En su elaboración colaboraron el Centro y Red de Tecnología del Clima (CTCN) y el Comité Ejecutivo de Tecnología (TEC) de la CMNUCC.
La publicación precede a la COP31, que se celebrará en noviembre de 2026 y está coorganizada por la secretaría de la CMNUCC. Inia Seruiratu, enviado climático del Pacífico para el Océano de la COP31, pidió que el océano ocupe un lugar central en la acción climática mundial.
Conocer el océano y conservar sus ecosistemas
Una de las principales barreras para gestionar el carbono oceánico es la escasez de información fiable. El documento identifica carencias especialmente importantes en los océanos Austral, Índico y Ártico, además de numerosas áreas costeras. Para comprender estos sistemas y preservar su capacidad de almacenar carbono, propone combinar ciencia, tecnología, datos y saberes locales.
La observación del océano y las capacidades digitales constituyen uno de los tres ámbitos tecnológicos que analiza el informe. Incluyen sensores, satélites, plataformas autónomas y modelos analíticos. Los otros dos son la conservación y recuperación de los ecosistemas de carbono azul y la eliminación de CO2 marino, conocida como mCDR.
Los manglares, las praderas marinas y las marismas son los ecosistemas de carbono azul examinados. Según el informe, ya secuestran unos 407 millones de toneladas de CO2 anuales; restaurarlos permitiría añadir una cantidad significativa a esa captura.
El documento también reclama incorporar el conocimiento de las comunidades locales y los pueblos indígenas. Traerup destacó su larga experiencia frente al cambio climático, tanto en el uso de hábitats naturales para proteger las costas como en la gestión sostenible de la pesca y de los recursos costeros.
Tecnologías emergentes con incertidumbres
En el ámbito de la eliminación de CO2 marino, el informe explora la mejora de la alcalinidad oceánica, la captura y el almacenamiento directo de carbono oceánico, el cultivo y hundimiento de macroalgas y la fertilización con fitoplancton. Todas estas tecnologías emergentes presentan importantes incertidumbres científicas, ambientales, sociales y de gobernanza.
El documento establece un límite para su uso: las tecnologías oceánicas pueden complementar las reducciones rápidas y sostenidas de emisiones de gases de efecto invernadero, pero no sustituirlas. Su desarrollo debe apoyarse en una base científica sólida, transparencia, salvaguardas ambientales y una gobernanza eficaz.
Financiación y apoyo a los Estados insulares
Los pequeños Estados insulares en desarrollo generan menos del 1 % de las emisiones mundiales, pero se encuentran entre los más expuestos a los impactos sobre el océano y el clima, subrayó Traerup. El informe pide facilitar el acceso a la financiación, transferir tecnología y reforzar las capacidades.
La financiación de las tecnologías climáticas oceánicas sigue fragmentada y resulta insuficiente para las necesidades identificadas. El documento reclama fondos más accesibles y previsibles, incluidas donaciones, junto con instrumentos como los bonos azules y los canjes de deuda por naturaleza.
Entre los ejemplos recogidos está el acuerdo de Seychelles de 2015 para reestructurar su deuda externa a cambio de compromisos de protección marina. Se creó un fondo fiduciario destinado a la conservación oceánica, la resiliencia climática y el desarrollo sostenible de la economía azul.
En el Pacífico, Fiyi, Papúa Nueva Guinea, las Islas Salomón y Vanuatu recibieron ayuda para elaborar mapas de sus praderas marinas y manglares y cuantificar el carbono almacenado en ellos. Ese apoyo incluyó formación para más de 100 personas en la evaluación del carbono azul.









